
[...] os habéis acostumbrado,
vosotros, siervos de la justicia, leva
de la esperanza, a actos necesarios
que humillan el corazón y la conciencia.
Al callar deseado, al hablar
ya previsto, a denigrar sin odio,
a exaltar sin amor;
a la brutalidad de la prudencia,
a la hipocresía del clamor.
Cegados por la obra, habéis servido
al pueblo, mas no en su corazón,
en su bandera; pero habéis olvidado
que en todo acto vuestro ha de sangrar,
continuo, para no hacerse mito,
el dolor de la creación.
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