24 de julio de 2007

Charles Bukowski


Un mundo de locos



un tipo me mandó una navaja por correo.

dijo que era un regalo en señal de reconocimiento por mi

obra.

la navaja tiene una palanquita en un costado,

la aprietas, salta el filo

y ya estás listo,

sin más.

dudo que llegue a usar este arma

pero me alegra saber que un lector se

preocupa tanto por mi

seguridad.

de todos modos, prefiero a los lectores que me envían

botellas de vino

aunque algunas lleguen

rotas.

aun así, no hay que beber nada

que llegue por correo con remitente

desconocido, alguien podría intentar

envenenarte.

pero cualquier cosa es preferible al lector que se

presenta a la puerta.

eso me molesta, me cabrea de veras.

en este mundo, incluso la fama menor puede ser

un problema de los grandes.



sea como sea, ahora voy a utilizar la navaja que me envió

el lector para limpiarme las uñas.



mejor eso que metérsela a alguien hasta el mango

en las entrañas.



eso prefiero hacerlo con el poema.





Desplazado



ardo en el infierno

hay parte de mí que no encaja en ningún lugar

mientras otra gente encuentra cosas

que hacer

con su tiempo

sitios adonde ir

unos con otros

cosas que decirse

unos a otros.



yo

ardo en el infierno

en algún lugar al norte de Méjico.

aquí no crecen flores.



no soy como

los demás.

los demás son como

los demás.



todos son iguales:

toman parte

se agrupan

se arraciman

se les ve

risueños y satisfechos

y yo

ardo en el infierno.



mi corazón tiene un millar de años.



no soy como

los demás.



moriría en sus merenderos

ahogado por sus banderas

aporreado por sus canciones

aborrecido por sus soldados

corneado por su sentido del humor

asesinado por su inquietud.



no soy como

los demás.

ardo

en el infierno.



el infierno que

yo mismo soy.





Al margen



una habitación llena de humo al margen, siempre

ha sido una habitación llena de humo al

margen.

el margen nunca desaparece.

a veces lo entiendes

mejor,

a veces incluso hablas con él, es posible

que digas: -hola, viejo amigo- pero

no tiene sentido del humor, te golpea en el

vientre, dice:

-esto es un asunto serio, estoy aquí para

matarte o volverte loco.

-de acuerdo-contestas- lo

entiendo.



esta noche mi habitación está llena de humo y estoy solo

escuchando el silencio.

estoy harto de esperar a la vida.

que tardó tanto en llegar y se fue tan

pronto.

las calles y las ciudades están

vacías,

el amor está en la maldita cruz

y la muerte ríe en la

trastienda.



al margen, el margen, el margen.



qué triste: las flores siguen intentando

agradarme

el sol grita mi nombre,

pero me flaquea el ánimo

mientras los animales siguen mirando con ojos

grandes.



esta habitación llena de humo.

una alfombra sucia.

unos cuantos libros.

un par de cuadros.

una silla rota.

un par de zapatos vacíos.

un viejo cansado.



deuda subordinada.





Paraíso ilegítimo



los malos días y las malas noches son ahora demasiado

frecuentes,

el viejo sueño de pasar unos cuantos años tranquilos

antes de morir;

ese sueño se desvaneció igual que los

demás.

una pena, una pena, una pena.

desde el principio, durante los

años intermedios hasta el

final:

una pena, una pena, una pena.



hubo momentos,

destellos de esperanza

pero no tardaron en disiparse

en la misma vieja

fórmula:

el hedor de la realidad.



incluso cuando hubo

suerte

y la vida bailaba en

carne y hueso,

éramos conscientes de que la estancia

sería

breve.

una pena, una pena, una pena.



queríamos más de

lo que nunca habría:

mujeres hechas de amor y

risa,

noches lo bastante salvajes para el

tigre,

queríamos días que

pasaran por la

vida

con cierto garbo,

un poco de

sentido,

un uso verosímil,

no sólo

algo que

desperdiciar,

sino algo que

recordar,

algo

con lo que

atizar a la muerte

en el vientre.



una pena, una pena, una pena.



en la suma de

todo, naturalmente,

nuestra insignificante agonía es

estúpida

y vana

pero creo que nuestros

sueños no lo

fueron.



y no estamos oslos.

los factores implacables no

son una venganza

personal contra un

ser

concreto.



otros acusan el mismo

trastorno

punzante,

enloquecen, se suicidan, se

apalancan, acuden conmocionados a

dioses

imaginarios,

o se emborrachan, se drogan

se vuelven lelos

de manera natural,

desaparecen en la masa de

vacuidad

que denominamos familias,

ciudades,

países.



pero no toda la culpa la tiene

el destino.

hemos desperdiciado

nuestras oportunidades,

hemos estrangulado

nuestros propios corazones.



una pena, una pena, una pena.



ahora somos los ciudadanos de la

nada.



el propio

sol

conoce

la triste verdad acerca de

cómo sacrificamos

nuestras vidas

y muertes

al simple

ritual,

a un ritual

inútil y

cobarde,

y luego

mientras nos descolgábamos

de la faz de la

gloria,

tornando estiércol

nuestros sueños,

cómo dijimos

no, no, no, no,

al más hermoso



jamás pronunciado:



la propia

vida.





Excusas



una vez más

oigo hablar de alguien que va a

sentar la cabeza y

poner manos a la obra,

pintando, escribiendo o lo que sea,

en cuanto instalen una luz

mejor,

o en cuanto vayan a otra

ciudad,

o en cuanto regresen del viaje que

han estado planeando,

o en cuanto...



es así de sencillo: no quieren

hacerlo,

o no pueden,

de otro modo notarían una

quemazón infernal

que no podrían dejar de lado

y "pronto"

se convertiría de inmediato en

"ahora".





Un árbol, un camino, un sapo



una mesa con 7, todos

riendo a voz en cuello, una y otra vez,

es casi ensordecedor,

pero no hay alegría en su

risa, parece

artificial.

el fingimiento y la falsedad

envenenan el aire.

los demás comensales no parecen

darse cuenta.

me asfixia la risa,

me ahoga las entrañas, la mente, hasta

mi propio sentido.

fantaseo con coger una pistola, con

llegarme hasta la mesa

y volarles la tapa de los sesos,

uno a uno.

naturalmente, eso me convertiría en alguien

mucho más culpable que

ellos.

aun así, se me pasa por la cabeza y

entonces caigo en la cuenta de que espero

demasiado.

debería haber caído en la cuenta mucho tiempo

atrás de que así son

las cosas:

que en todas partes hay mesas con 2,

3, 7, 10 o más

en las que la gente

ríe sin ton ni son y

sin alegría,

ríen tontamente sin

sentirlo de veras,

y que eso constituye una parte inevitable

de todo lo demás,

como un árbol, un camino, un sapo.



pido otra copa y

decido no matarlos, ni siquiera

fantaseando.



en vez de eso, llego a la conclusión de que soy un

hombre muy afortunado:

la mesa está a unos seis metros.

podría estar sentado a esa mesa, sentado

con ellos,

cerca de sus bocas,

cerca de sus ojos y sus orejas

y sus manos,

incluso escuchando su conversación,

causa de tanta risa

sin alegría.

he estado en infinidad de situaciones similares

y ha sido una auténtica cruz,

desde luego.

así que me felicito por mi buena suerte

aunque no puedo pormenos de preguntarme

si queda algún lugar en el mundo

donde haya una mesa con 7 en la

que existan auténticos sentimientos,

en la que haya

risotadas francas.

eso espero.

no me queda otro remedio.

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