En cuanto al esplendor de la figura, ¡qué pasajero es, qué breve, aún más fugaz que la mutabilidad de las flores primaverales! Ya que si, como dice Aristóteles, los hombres tuvieran los ojos de Linceo, de modo que su vista pudiera penetrar los objetos, ¿acaso no parecería feísimo aquel cuerpo de bellísima apariencia de Alcibíades, una vez observadas por dentro sus entrañas? Así, pues, no te hace parecer bello tu naturaleza, sino la debilidad de los ojos que te miran.
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